Al contenedor por miedo

El Correo.
16 de junio

Iván dormía en un agujero. «Estaba algo sucio, había tierra y piedras. Lo limpiaba un poco y ponía cartones. Lo malo es que por la mañana me despertaba con la cadera dolorida». Pese a ello, este bilbaíno de 31 años ni se planteó acudir a un contenedor de papel, «¿no estoy tan loco!». Quienes viven en la calle saben bastante de supervivencia y de los peligros que implica pernoctar en el cubículo destinado al cartón reciclado. La historia de Marin Costica, el rumano que esta semana apareció muerto en la planta de reciclaje de Papeles Nervión tras haber pasado la noche en un contenedor, les da la razón. «Para hacer eso hay que estar loco o tener mucho miedo», concluye Pedro. «O estar escapando de alguien», especula Sandra.

Iván, Pedro y Sandra están curtidos en los rigores de la calle. El primero deambuló bajo las estrellas durante cinco años, después de que sus padres le echasen de casa «por una discusión que duró muchos meses y acabó explotando. Fue por la droga». Dejó el domicilio familiar de Txurdinaga y no ha regresado. «A veces llamo por teléfono y me cuelgan. Y eso que ahora vivo en un piso con mi novia y me he desenganchado».

Pedro y Sandra son una educada pareja portuguesa de treintañeros que se pasó el último año «tirada en la calle y metidos en la droga» hasta que hace dos meses entraron en el albergue de Mazarredo. «Ahora estamos con metadona. ¿A qué se nota?», bromea él al tiempo que se levanta el jersey y muestra una tripa orgullosa. «Antes estaba así», dice, y alza el dedo índice. Los tres debatían ayer sobre el triste final del rumano. «Hay que tener mucho miedo para ir a dormir a un contenedor», insistía Pedro.

-¿Miedo de qué?

-De alguien que te haya amenazado, o de que te roben. A mi ya me pusieron el cuchillo en el cuello para quitarme cinco euros y las zapatillas.

-¿No estaría escapando del frío?

-Ya no hace frío. Y aunque lo hiciera, nosotros nos hacíamos una casa con cartones. Pregúntale a ella. ¿Pasaste frío aquí alguna vez?

Sandra responde que nunca. «Poníamos una buena capa en el suelo para aislarnos de la humedad de la piedra», añade la chica. El improvisado habitáculo lo plantaban en el Mercado de La Ribera, o en San Nicolás, «o en el primer sitio que encuentras y hay cartones». Y, cuando llega el buen tiempo, «te tumbas en la hierba, en algún jardín, o donde sea».

Las obras, donde estaba el agujero de Iván, o casas en ruinas, también son tristes refugios de quienes ven pasar los días de manera monótona. Y, a veces, hasta se encuentran con la extraña comprensión de alguien, como cuando «una señora me regaló unas mantas», recuerda el bilbaíno. «Pero eso no pasa mucho».

Todavía más extraño les parece el caso de Costica cuando mencionan que llevaba 170 euros en el bolsillo. «¿Y con todo ese dinero se va a dormir a un contenedor?». Aunque también caen en la cuenta de que pudo tomar ese habitáculo como refugio a prueba de ladrones.

Buena parte de la mañana la dedicaron a recordar frente a la ría a aquel rumano con una historia tan parecida a la suya, aunque ellos dicen que jamás cometieron su imprudencia. Iván fue el primero en marcharse. «Voy a andar en bici. Es que tengo que adelgazar».